
- Cepillarse el pelo muy a menudo es malo- dijo mamá.
Yo al oírlo me plantee dejarlo. Reposé el cepillo en el tocador. Me di la vuelta al espejo. Y mirándome de reojo me acaricié la nuca hacia arriba, y al lanzar mi mano hacia la punta de mis rizos, los dedos se me encasquillaron en el intento. Callé el dolor durante dos segundos.
- Cómo va ha ser malo si luego tu cabeza parece el nido de una cigüeña!- grité en el fracaso.- Ni que fuera la Catedral de Santa Catarina.
Vale, lo reconozco. Me cepillo mucho el pelo. Pero yo no tengo la culpa de tener un pelo tan fino.
Carol volvió su mano hacia el cepillo. Con el dedo índice lo acariciaba de la cabeza hacia el mango y finalmente lo rodeaba con sus uñas rojas recién pintadas. Se movía tan lentamente que mirarla me producía escalofríos. Y se sobaba el mechón de pelo una y otra vez, incansablemente.
- Si sigo así tendré el pelo más bonito que Catherine Hepburn.
Qué lástima que se lo tuviese tan engreído. No fui más que su triste reflejo, pero cuando se ponía así me hubiese estallado en mil pedazos para darle siete años de mala suerte.
Y ahí estaban otra vez sus ojos mirando fijamente. Que creía que me miraban. Que me creía que sabían, que los miraba todo el día. Y le perdonaba todo. Todo cuanto decía. Que no sabía hablar pero muda la deseaba más que a mi vida.
Me cansé de cepillarme. Estaba perfecta para el día siguiente y sólo me faltaba ponerme el vestido nuevo. Pensé en lo viejo que estaba el espejo. Bostecé y me levanté para ir a la cama.
- Mamá, me voy a dormir! Mañana me voy al campo con Rita Hayworth. Me podrás ayudar a hacer un pastel de manzana, antes de irme?
- Sí, hija sí. Duerme y descansa. Deja reposar tu pelo que cuando seas mayor tendrás que usar peluca.
- Mamá... mañana me podrás ir a comprar un espejo nuevo?
- Muy bien. Me acercaré a la tienda de Doris.
Y desde entonces sigo aquí en el cajón del olvido. Nunca más volví a ver sus ojos. Sólo los veo en lo que queda de su reflejo en mí entre la oscuridad. Estallé no en mil, sino en diez millones pedazos la siguiente vez que la oí hablar. Suerte que no creo en la mala suerte.