Abrí la puerta al señor en cuestión. Y en cuestión de minutos me habló de su muerte, de cómo la sintió mucho antes y en fin, del cuchillo, me contó que se lo compró por el teletienda. No hace falta invertir mucho en una muerte poética, las palabras son gratis. Así que devolvió el cuchillo, y se recortó una pistola de papel, la tiró. Prefería una escopeta. No le quedaba suficiente cartón, y dejó de beber agua. Esperar un día entero a que la lengua se te hinche lo suficiente como para que se te obstruya la entrada de aire es demasiado tiempo. Se puso a correr por el vecindario. Oyó a Cesaria Evora. Y así entró en mi casa.

_Señor, No tengo agua. Justo ahora salía a comprar.

_No, no quiero agua. Sólo quería morir en compañía.


2 Responses to “”

  • H. Says:

    Joer,entro para echarte la bronca por no escribir y veo que hay dos nuevos en un mismo día.

    Perfect!

  • La Sole Says:

    Me ibas a echar bronca?? Tu??
    Vete a comer pipas al parque!
    …a la cerveza se le ha roto el corazón de melón.
    Pasa por la sombra que pica mucho el sol.

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